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AMOR DE CRISTAL

 Me lo pusiste delante. Bien clarito. Me pusiste un mundo que era maravilloso, ideal, perfecto. En ese mundo estabas tú y yo, y miles y millones de espejos. Por todas partes. Y aún así no fui capaz de verlo. El mundo y la vida que me ofrecías frente a mí. Pensé que era un sueño o algo peor, una mentira. Que era demasiado pronto para algo así. Demasiado temprano en la vida para ver algo tan revelador: que el amor es limpio, transparente y no tiene vergüenza. El de verdad por supuesto. Porque lo que me pusiste delante era el amor de verdad. 


Ya no existe. Ya no lo he vuelto a ver. Ni a ese amor ni a ti. A ninguno de los dos. Por eso digo que te lo llevaste contigo. El amor verdadero. El que no entiende de límites, opiniones ni razonamientos. El de querer y punto. El de los besos, el de los abrazos, el de ser y aceptar tal cual eres. Cómo un espejo. Uno frente al otro. Ellos nunca mienten, los espejos digo y ese amor que tú me enseñaste una vez, tampoco lo hacía. 

No me di cuenta ni de que era un amor, ni de que era un espejo y ni siquiera de que lo hacías por mí. Tal vez sea porque nunca me ha gustado mirarme en espejos y porque me he acostumbrado a que el amor no quiera reflejarse en ellos. 

De frágil, ella no tiene nada. Incluso exceso de fuerza y todo. Con esta mexicana chunga, cierro el post, sobre cuando me enseñaste lo que era el amor y lo rompí. 







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