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SE NOS PEGA LA LLUVIA

 No había señal alguna que lo dijera. Pero te pusiste a bailar, descalza y a oscuras. Sin saber siquiera que a lo lejos te estaba viendo. Tampoco se porque a esas horas estaba por allí, pero te estuve mirando. Lo entendí todo mientras bailabas. Entendí tú porqué, lo sentí como si fuera yo el que bailase. Nos cayó la lluvia. Era la pieza que faltaba para que todo cuadrase. Tu baile, mi presencia lejana y la lluvia. Vinieron los olores después de las sensaciones, los recuerdos y los mensajes en forma de pegatinas. De posits pegados en escritorios. Otra vez enganchado, otra vez volver a empezar, otra vez No. Mejor no. 


Bajo la lluvia todos somos iguales. Hasta dos personas como tú y yo que no nos conocíamos, pudimos en aquel instante, sentir lo mismo. Saber porque bailabas tú y porque reía yo mientras me calaba. 

Lo borra todo, lo arrastra con la corriente, pero aquello no lo pudo borrar, no pudo hacer que dejaras de bailar y no pudo borrar mi estúpida sonrisa. Porque al fin al cabo, todo era lo mismo, la expresión más natural de libertad, desahogo, desconexión y calma. 
Era una paz en forma de tormenta, en forma de gotas que anticipan pulmonias seguras y en forma de sensaciones que se meten por la piel sin que el cruel sol pueda secarlas nunca. Tenía que ser así sin luz y con agua a raudales, para curarse, para curarnos, para entenderlo todo y para sentirlo todo. Hasta la siguiente lluvia. 

A la actitud de la gata a la que cantaba Marieta apela este blog. A maullar, a gritar, a reír y porque no a llorar cuando la lluvia viene al rescate de explicarte las cosas. Con ese temazo inmortal, cierro el post. 







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