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EL SÍNDROME DEL MOSQUITO

 Quieres que te espere. Me lo pides envuelta en sonrisas y pintandome el camino que va hacia ti, como un rosario de unicornios y de colores rosas. Me dices que solo es medio camino, que tú estarás justo en la mitad, que no habrá ningún obstáculo y que si me canso, mandarás pájaros para que me lleven en volandas hacia ti. Me lo pides a mí. Yo que he surcado centenares de mares intentando pescar el pez imposible, yo que he sido Romeo, Quasimodo y un Teddy bear en potencia. Yo que he apagado fuegos, lágrimas y resuelto problemas ajenos. Por todo eso, debo decir que no. Que ya no puedo ir tan lejos como me pides tú. 



Pero en el fondo sabes que acabaré diciendo que si. Que empezaré el camino. Porque soy idiota, porque siempre pico, porque sufro del síndrome del mosquito y porque el sueño de que pueda encontrarte vence más que la realidad. Puedo imaginar que las rosas que prometes que veré serán pétalos desperdigados y que los rosas del cielo serán más púrpuras que otra cosa. Y que a lo mejor, seguramente ni estés cuando haga mi parte del camino. Pero aún así, te esperaré allí, donde dices. 

Ya lo he hecho otras veces, que más da otra vez. Cogeré la mochila, la llenaré de sueños y a tropezar de nuevo en las piedras del desamor, del desengaño y de la estupidez. Y a oír el eco incesante del huracán diciéndome, te lo dije.

De la rama de la música country, pero con habilidades para hacer grandes y bonitas canciones de amor. Con Lady Antebellum, cierro el post sobre el paralelismo que tengo yo con este insecto. 




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