Va de bufidos. De maullar de noche y escaparse por las ventanas. Va de ser libre sin que se enteren. Va de tener los ojos bonitos. De eso va el rollo de vivir. De saltar más que nadie y de rezar para que no te bajen de los árboles. De engañar a los perros y perseguir a las palomas. Y si todo eso tan de gatos lo transformamos en nosotros. Pues va de lo mismo...Bufar, cabrearse, salir a horas intempestivas a aclararse, autoaislarse y mentir para que el dolor no sea más grande. Y poner cara de pena para que te tengan un poco de piedad. De eso va y a eso vamos. A parecernos a los gatos. Por algo tienen 7 vidas.
Hasta que aparece el Piolín de turno que acaba con los sueños. Que termina por hacer que aborrezcas tu vida de tanto perder. Entonces ya no mola ser gato, ni humano, ni mola nada. Porque el maldito pollo amarillo te ha ganado. Y lo hace siempre. Y no puedes hacer nada. Los humanos también tenemos un Piolín. Y lo mejor que podemos hacer es mirarle , seguirle e intentar que sea nuestro amigo o que por lo menos no nos haga la vida tan difícil que vayamos a parar a su jaula.
Porque contra Piolín nadie puede, ni siendo gato, ni siendo humano, ni siquiera si eres perro. Piolín vence. Porque sí, y porque además tiene ayuda. Y los poderes que puedas imaginar. Vuela, canta, habla y encima es súper listo. La leche. Así que al final esto va de evitar Piolines. O de hacerte inseparable de el, aunque incluso así, acabarás perdiendo.
Y quién intenta siempre cazar a Piolín, pues Sylvester, en este caso así se llamaba este transformista que en los 80 tiraba de funky y disfraces para arrasar en las pistas. Con el cierro el post sobre ser gatos, humanos o malditos Piolines.

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