Tiritas. Para el corazón, como decía Alejandro Sanz en su canción. Para el tuyo y para el mío. Para el de todos. Tiritas y a seguir soñando. Porque no faltan heridas, porque no sobran las ilusiones. A derribar los incansables muros silenciosos construidos alrededor. A salir del agujero para volver a caer en él en un rato. Y vendas para las manos , para que no se vuelvan a quemar por intentar acariciar. Y los labios se cosen, en unas semanas se le caerán los puntos y podremos volver a hablar para decir lo que nadie quiere oír. Y para besar también porque no, con un poco de suerte.
Cómo Frankenstein. Deformes, tarados y llenos de cicatrices. Ha sido por darlo todo, por decir lo que él corazón nos dictaba. Por eso y por no hacerle caso a la de arriba. Pero es que nos brota. Una y otra vez. Cómo calcando a la mismísima sangre. Nos vienen las ganas de repetirlo, de volver a hacernos heridas, de jugarnosla por una sonrisa, por un pestañeo o por cinco minutos de amor.
No podemos parar y tampoco creo que queramos hacerlo. No hemos aprendido. Los de nuestra especie mueren con el corazón hecho pedazos y el cuerpo amoratado. Con la vergüenza y la cabeza agachada acompañándonos hasta el final. La voz se fue hace años y los reflejos huyeron al primer intento. Tiritas y bombonas de oxígeno y salones médicos de rehabilitación son nuestras herramientas, nuestros lugares. Los gatos y la luna los que nos guardan los secretos y los demás nuestros intentos por entender el amor. Nunca lo entendereis. Teneis que vivirlo y sobretodo sentirlo.
Ya lo he mencionado antes pero con esta versión destinada a los niños enfermos se hace rodear de amigos que hacen de la canción todavía más buena. Con y si fuera ella, cierro el post sobre los heridos y las heridas del amor...

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