Pretendías que no me distrajera. Que siguiera la senda de las luces. Esa que tanto me había costado encontrar. Que en la luz estaba la clave. En no perderla, ahora que había vuelto a brillar. Tenía muchas ganas la verdad. Ganas de perderme en el camino y de sentarme entre los restos del huracán, para demostrar que había sobrevivido. Pero no me dejaste. Apareciste entre el polvo del camino, entre algunos de mis pedazos rotos, para recordarme que todavía no había hecho nada. Ahora tú llevas la linterna, el machete y el mapa. Me despejas el camino y todo es mucho más fácil. Me absorbiste como una esponja, como a Caroline le absorbió la tele. Me sentí bien, libre, convencido, capaz y sorprendido de lo fácil que era. Fue la primera noche a la intemperie que lo entendí, que tenía que salir de esa luz, de esa burbuja de protección que me habías puesto. Así no. Así no era real, no valía, era una estafa. La vida feliz no estaba ahí, ni de lejos. Y la pinché. Sin aviso ni ...
Confesiones del corazón tras la tormenta.