Si supieras como la encontré. Tenía los puños apretados. Y los labios rojos de tanto sufrir y callar. Tenía prohibido hablarle, tocarla o ni siquiera acercarme. Miré al cielo y pregunté porqué, tanto tiempo y tanto dolor. Porque esperar tanto este momento. Desde entonces no puedo quitármela de la cabeza. Sé que es una fruta prohibida, una enemiga, alguien que no me dejará nada bueno. Pero no es fácil...es como resistirse a un bombón de chocolate relleno de cereza. Estaba rota, en trescientos pedazos. La tenía que ayudar. Pero no pude. No soy el más indicado para socorrer a nadie. Entonces sonrió, lo conseguí...o tal vez nada tenía que ver yo. Cuando ya me había rendido. Respondió con un sí, cargado de sabor. Aparecio la sonrisa y volvió la luz. Pude curar. Pero faltaba yo. Faltaba creerme que lo podía aplicar conmigo. Pero no me sale. La miré y vi cual era el sabor que desprendía su recuperada sonrisa. Cereza. Roja como sus labios. No podía ser. Yo era el chocolate aún...
Confesiones del corazón tras la tormenta.