Solía pensar que la tenía. Que era listo y rápido. Pero llegó escondido entre el viento y la apagó, la chispa. La mía. Mi querida chispa. Mi inspiración, lo que hacía que brillase como nunca y que fuera capaz de acabar reduciendolo todo a cenizas. Que bonito tiene que sonar. Que satisfactorio debe de ser que lo has construido se mantiene en pie. Casi lo tenía, el castillo, la fortaleza, la muralla donde esconderme y donde también verlo todo. Donde lanzar el ataque. Donde poner los cocodrilos alrededor. Pero vino el fuego y se lo llevó. Precedida de esa implacable e imprevisible chispa. Enhorabuena a ti que lo has hecho. Otra vez. Has provocado esa chispa necesaria para que el incendio devore lo que había construido. Supongo que sigue siendo culpa mía. Por no verlo venir. Por seguir siendo incapaz de distinguir lo relevante de lo simple. Porque nunca seré el tercer cerdito del cuento. El de la casa imposible de derruir. O eso, o el viento es mucho más fuerte que el soplido de...
Confesiones del corazón tras la tormenta.