Todavía se equivoca. Sigue desacompasada. Mi sonrisa sigue en modo aprendiz. Cuando tiene que salir no lo hace y cuando sale no tiene sentido, va tarde. Es fruto de haberla recuperado después de años de ausencia. Estuvo grave, casi al borde de la muerte, apagada, enterrada, mantenida con vida gracias al pasado tan glorioso que tuvo y que no le dejó morir. Por ese pasado de sonrisas plenas, grandes carcajadas, de sonrisas ajenas contagiadas, por todos esos momentos, mi sonrisa no murió. Volvió débil pero con ganas de ser la que un día fue. Aquella que en mi adolescencia era la mejor, la única que destacaba. Hasta que una continua serie de desdichas personales la abatieron. Como un payaso asustado, triste, cansado de no hacer gracia, sorprendido por que es temido en vez de querido. Hundido porque nadie se acordó de él en las fiestas. El dueño de mi sonrisa, yo mismo, me sentí así, como ese payaso que ya no tiene motivo ni para reír ni para hacer reír. El payaso volvió, a la luz de ...
Confesiones del corazón tras la tormenta.