Tuve uno. Y después otro, y otro. Así hasta formar una larga lista. Como todos. Y me ilusioné. Pensé que era bonito tenerlos. Que lo realmente emocionante era tacharlos mientras se iban cumpliendo. No paraba de soñar, de desear cosas. Hasta que se volvieron imposibles. Crudamente imposibles. La lista crecía. Y el tiempo... también. Decidí cambiar el enfoque, bajar las aspiraciones y no soñar tan arriba. Sueños mundanos, vulgares, fáciles. Nada de fantasías ni quimeras. Pero ni por eso..La lista de sueños se estancaba y la de chascos y decepciones se multiplicaba hasta el infinito. Cambié el procedimiento...la manera de soñar. Asumí mis condiciones y me fabriqué una flecha de cañas y barro y disparé blando, fácil. Sueños efímeros, tardíos y casi nonatos. Y tampoco. Lo entendí. Lo mío no era soñar. Ni desear. Me tapare. O no diré nada. Permaneceré en segundo o tercer plano. Para no soñar, para no desear. Si te pones siempre de perfil no se sabe lo que piensas, lo que quieres, ...
Confesiones del corazón tras la tormenta.