Al final me pudri. De tanto ponerme con manzanas podridas...me convertí en una de ellas. Nada más caer del árbol. Condenado a ser una fruta podrida. Como todas las de tu huerto. Así somos todos iguales. No comestibles, no gustosas, feas, apartadas, tiradas frutas. Con la denominación de origen de la basura por etiqueta. Así vamos madurando, sabiendo que nadie nos va a querer comer, que nadie va a querer comprarnos, que harán con nosotros cualquier otra cosa diferente a mermelada o tartas. Que solo se acercarán gusanos, larvas o insectos que no les importa la fealdad, las marcas, el que no seamos válidos. Por eso no me arreglé. Por eso nunca me preocupe por ser la manzana más bonita o por tratar de no perder el color tan sano y natural que me hiciera apetecible. Nunca quise darme cuenta que era de la mejor cosecha que podría existir. Que tenía de los mejores sabores, que si me probaban era un placer. Y me empeñé en pudrirme, en marchitarme. Tal cual tú me enseñaste desde pequeño. Que mi...
Confesiones del corazón tras la tormenta.