Derretido. Machacado y abatido. Muerto de tristeza y aburrimiento. La alegría cambió de bandera y de país y me quedé fuera. Demasiado barato había vendido el alma, la vida y todo lo que tenía. Estaba frío, helado, sin reacción, sin alma. Absolutamente plano. Y renaci. Cómo flor en puro invierno. Un milagroso brote. Con los días contados y con pinta de no hacer nada más allá del milagroso instante de vida. Me llamaron luz, y me pintaron de amarillo. Amarillo chillón para que se me viera entre tanta blancura de nieve. Me costó, pero conseguí cambiar el paisaje. Y lo llené todo de flores, de árboles de corteza dura, de largos e inacabables prados primaverales. Pero seguía haciendo frío, seguía siendo helado por fuera. Me pisan. Fingen no verme, pero me pisan. No es casualidad. Lo hacen para que no logre brotar más. Es desesperante e increíble que pueda conseguir brotar de la mismísima tristeza y desolación, que esté repoblando de esperanza este páramo yermo. Estas hojas nacen de la alegrí...
Confesiones del corazón tras la tormenta.