Ya pueden atropellarme, humillarme o hacerme pasar un mal día. Que me digan cosas desagradables, que mi día en el trabajo sea un asco, sentirme inútil o ponerme en evidencia. Ya pueden insultarme, agredirme, cabrearme o hacerme llorar. Me da igual, todo eso se borra de un plumazo cuando veo esos ojos alargados y azules recibirme al llegar a casa. Se me olvida, se desvanecen los problemas, los malos rollos, los disgustos, todo. Solo permanece desde entonces, sus ojitos, su sonrisa regada por dientecillos pequeños y bien repartidos, sus balbuceos y esfuerzos vocales por saludarme. Sus abrazos sinceros y sus besos dulces... con eso me quedo y eso es lo que cuenta desde que CLAUDIA está en este mundo. Una parte de mí quiere congelar ese momento, quiere que el tiempo no pase más, que no crezcas, que sigas siendo mi bebé de dos añitos casi. Quiere conservarte, fotografiar cada uno de esos instantes pequeños en el tiempo pero enormes de valor que me das. Pero otra parte quiere que crezc...
Confesiones del corazón tras la tormenta.