La tengo detrás. Me sangran los pies de tanto correr. Pero tengo que seguir. Todavía no la he despistado lo suficiente. Es implacable, terca, testaruda. Me ha demostrado una y mil veces que no se rinde, que tiene todo tipo de trucos y recursos. Huele mi sangre, le atrae, es lo que le motiva. Su fe. No puedo esconderme, no tengo ni tiempo ni sitio para hacerlo...ya lo intenté una vez y casi me mata. Tampoco tengo armas para enfrentarme a ella, solo me queda correr, escapar y que mi resistencia sea mayor que su paciencia. Que se canse antes de que ya no pueda más. Pese a todo, no le debe de quedar mucho, o se rinde ya mismo o consigo darle esquinazo definitivamente. Lo fácil sería enfrentarme a ella, improvisar un arma o liarnos a tortazo limpio. Pero no utilizo paraguas. Nunca lo he hecho. Soy más de llevar capucha. De ponerle trabas en el camino para confundirla, retrasarla. Ingenioso si, pero cobarde. Estaría bien tener un poco de ayuda, un escudero, un cómplice, un apoyo...pero ...
Confesiones del corazón tras la tormenta.