El temblor al hablarte. El pestañeo involuntario tuyo. El frío interno que no para de calarte los huesos. El tic nervioso de las piernas. El no saber que hacer con las manos. El beso corto pero de largo nacimiento. El pelo acariciado. El silencio ausente. Las conversaciones estúpidas y las sonrisas forzadas. El solo escucho cascadas. El solo siento mariposas. El tartamudeo. El rozar de tus dedos. El acariciar espaldas. El olor de tu pelo. El intenso azul de mis ojos y el profundo reclamo de tus labios. Es lo que aparece, lo que está, lo que sale, en cada una de las situaciones en las que él toma el mando absoluto. El control de todo. Con él al mando, la vida es más bonita, más dulce, más ligera. Con él en el trono, como que duele menos todo o mejor dicho... importa menos todo. Confieso que el mío manda mucho, ocupa el trono a diario desde el principio, pero no tiene puño de hierro...solo fe infinita en su capacidad de acierto. Y no para de fallar, una y otra vez, y siempre f...
Confesiones del corazón tras la tormenta.