Debí leer la receta mal. Porque ponía tomar con precaución. Y yo al segundo de verte, ya me había tomado el bote entero. Que solo había que tomarlo una vez al día. Y yo me lo tomaba con cada pestañeo tuyo. Tampoco cumpli el tratamiento bien. No le hice seguimiento. Ni le di los cuidados necesarios. Y al final me enfermé. Con dolores insoportables. Recomendaban no mezclarlo con otras cosas y a los dos días ya estaban la ilusión y el miedo implicados.
No hay cura. Para los tontos como yo. Para los expertos que se vuelven torpe en la materia del amor. No la hay. Ni salida ni arreglo. Ni montones de pastillas, ni pócimas milagrosas.
Porque cada vez que estoy contigo me muero. Fulminado y al instante.
Me entierras en tus ojos y en tu voz. Y en tus manos. Y en tu boca. Así de fácil. Ya he superado a los gatos en vidas y he vendido todas las almas. Y de mis cenizas surgirán los mismos errores. Los mismos males. Y tan feliz de morirme por ti y de equivocarme contigo. Pletórico. A rabiar.
Porque mi vida crece en la tuya, mi receta funciona en tu cuerpo y los cuidados contigo si me salen. Que más da morir si viviré eternamente en la sonrisa que pones al verme.
Haciendo de profe de esgrima, para una peli de Bond, la reina Madonna hablaba sobre morirse otro día. Y sirve para cerrar el post sobre morirse a casa momento...

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