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KEEP OUT: NO PASAR

 

Era de los que no ponía ninguna. De los que intentaba mirar a los ojos porque era lo único bonito que tenía. De los que se reía y hacía reír. Era el simpático, el optimista, el que siempre decía la palabra adecuada. Lo era, lo fui. Les había dejado pasar a todos, les había permitido que redecorasen mi corazón. Les dejé que revolvieran y se llevasen cosas. Porque pensé que de eso se trataba. De darlo todo para recibirlo todo. Error. Gordo, grave, garrafal e incorregible. La idea vino después. Poner una muralla, rodearme de alambres de espinos electrificados para más inri. Armarme de cañones y repartirlos por el borde. Ser inaccesible, áspero, incómodo. 



Y hasta me compré un gigante. Le mandé vigilar todo el día. Que nadie se acercara a mí, que ni tan siquiera intentase hacerlo. Nada. Al primer intento un grito del gigante y venga lanzar bolas de fuego a discreción. Lo siento, pero era así. No era estrategia, era simple autoprotección. 

Nunca más miré a nadie a la cara, no encontraba motivos para sonreír y menos aún para provocar sonrisas y también me aficioné al amargo. Al sabor agrio de la vida. Hace tiempo que no oigo al gigante, que espera paciente algún otro intento de asaltarme para soltar alaridos, y ya no tengo que lanzar cañonazos. Me lo merezco es lo que he sembrado y es lo que he deseado. 

Pero todo es apariencia porque gracias a eso, no veas lo bien que he dejado el jardín, lo brillante que está el corazón y lo que merece la pena visitarme. Asusta más lo de fuera, que lo maravilloso de dentro, lo sabía, funcionó. 

Con el no te acerques a mí de los británicos POLICE, cierro el post sobre protegerme para no dañarme... aunque algún día quizás, abra la muralla solo un poquito. 


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