Aprendí hace algún tiempo, a recogerme. A ocupar el mínimo espacio posible para no molestar. Me corté las alas, porque supe que nunca iba a volar. Inventé un lenguaje que tenía tres palabras y consistía en hablar lo más bajo posible. Crecí sin distinguir las críticas de las culpas y con escasez de halagos y agradecimientos. Y viniste entonces. Con dos simples y sencillas líneas para hacer el manual de la vida. El libro de instrucciones de un buen amigo. El decir y creer en lo que decías. Y me sacaste de la caja, me pintaste y me diste cuerda. A esperar.
Aprendí a que solo bastaba mirarte. Que no necesitaba más palabras tuyas. Entendí que eras la sangre, el cerebro y el alma. Te vi enorme y aún te veo. Y asumo que no llego a lo que pretendes ni a lo que dices. No puedo. Y ahora menos.
Asumo que me enseñaste lo equivocado que estaba, que era mejor que caminase erguido y que si que vuelo ...pero no quiero. Que lo de antes eran batallas perdidas que no me quedase ahí. Que cambiase el enfoque, que pasara la dichosa página. Ya no me hablas tanto pero sigues ahí, haciendo que reconozca que si quiero alcanzo las estrellas, mi voz es firme y puedo derretir las a mí paso. Ojalá. Aciertes como siempre haces. Y me mires con orgullo, como tanto deseo.
Vuelvo muy atrás en el pasado, como a ti te gusta para recordar una canción versionada y que me parece preciosa para la época y para el blog. Con la más grande, cierro el post sobre tí... padrino.

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