Te llevé a ellas. Te las puse delante. Hasta pudiste tocarlas. Y no lo hice una vez, sino varias. Cada vez que tus ojos las necesitaban. Te sentiste cielo, tuviste la paz del universo. Fuiste sistema solar. Estabas en el punto exacto matemático entre la paz y el más cómodo de los equilibrios.Ahi te dejé. Y yo bajé de nuevo. Pero entonces dijiste que para un rato estaba bien, pero la vida es otra cosa. Por eso pusiste la linea del horizonte. Para separar, para dejarlo bien clarito lo de los momentos.
Ahora las besas, las acaricias de vez en cuando. Dices que son tuyas. Ya no las tengo. Te las di. Ahora pides la luna y otros cielos y porque no infiernos también. Hay tiempo para todo, te justificas. Que la culpa es mía por dar todo tan pronto. Por acostumbrarte a la paz.
Ahora te aburres. Los silencios no son para tí, los infinitos son previsibles y la estabilidad no sé enrolla nada. Ahora molan más las montañas rusas, las bolas de fuego, los ruidos estridentes espontáneos y la búsqueda imposible de la cuadratura del círculo. Prefieres no saber, prefieres entrar a oscuras, la vida a ciegas. Pero tampoco quieres devolverme las estrellas.
Era histérico todo el, toda su vida y toda su música. Con las bolas de fuego de Jerry Lee Lewis cierro hoy este post, sobre los que prefieren alejarse de la calma.

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