Arrojo mis besos a la tormenta. A esa que te persigue y te acecha. Para que se transformen en gotas de amor. Para que te recuerden que en algún lugar, alguien te quiere, confía en tí. A mí me llegaron cuando me llovía. Seguramente muy tarde y menos de los que esperaba, pero sirvieron. Curaron. Mataron a la tremenda tormenta, como yo pienso hacer con los míos. Es la mejor arma. Es lo que más le desquicia. Es lo que acelera la recuperación. Los besos. El diluvio de amor incondicional indestructible. No hay nube negra que lo supere.
Es lo mas bonito que puedo hacer por tí. Y lo más inútil. Porque no se pueden mandar besos sin amor. Y no hay amor. Serán besos perdidos que morirán antes de llegar a su fin. Besos tan débiles que no encontrarán corazones. Porque yo no soy un héroe, no soy la persona que deba salvarte. Soy un payaso fracasado que bastante tiene con que no le vengan más tormentas.
De todas formas los tiraré. Los arrojaré. Aunque no tengan fuerza. Las tormentas no matan, hacen que olvides. A mí una me hizo olvidarte, sanarme de ti. Y otra hizo que pensara que llover es lo mejor para limpiar. Tiro mis besos contra ella, con la esperanza de que sea buena contigo. Tiro mis besos aunque no los quieras, aunque no sirvan. Porque no puedo enseñarte a olvidar, como lo hace la tormenta.
No es santo de mi devoción aunque reconozco que tiene una trayectoria muy buena e importante. Con una canción de Miguel Bosé cierro el post de hoy.

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