Entre caricia y caricia, me lo preguntas. Otra vez. Y al responderte se me cae un pedazo. Pequeño. Un parche. Uno de esos que me pones siempre para arreglarme. Uno de esos que coses a tu manera. Con un hilo que solo tú y yo entendemos. No está hecho de besos, ni de lágrimas, ni de frases motivacionales enmarcables. Me preguntas porque tengo tantos. Me preguntas cómo puedo vivir con ellos. Y si hay alguna manera de que no se vuelvan a despegar. Me lo preguntas tú que eres la costurera. La de las soluciones. La que está rota pero junta las piezas ajenas a la perfección.
Te preocupa que tenga agujeros. Pero los coses encantada. Aunque por fuera es el zurcido más feo que puedas imaginar. Se me caen porque el corazón ya no aguanta como antes. Porque el pecho se está quedando pequeño y porque las heridas pueden más que las costuras.
Entre besos y te quieros se me olvida que los llevo. Entre miradas y silencios ya no se notan tanto. Un día cumpliré la promesa y te cosere los tuyos. Solo tengo que decirle a la vida que no tire de tí. Que no te asuste tanto. Que estire tu comisura para sacarte las sonrisas. Sabes que lo intento pero no me sale como a tí.
Fue como un viento, se presentó y arrasó. Ahora ya está consolidado. Con Pablo Alborán y uno de sus éxitos cierro el post sobre los parches, los míos...

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