La miro y poco más hay que decir. A estas alturas ya no puede engañarme. Ahora empieza a entender de qué va esto. Ha hecho falta que pasase por una tormenta para que lo viera. Ahora no le gusta el juego. No acepta preguntas y pide respeto y tiempo. Ahora soy yo cruel. Malo, rencoroso y demasiado impaciente. Me falta piedad dice. No pienso hacer nada. Porque no es mi tormenta. Ya no. Pero reconozco que me duele, que soy gilipollas y me duele. Que le llueva, que le caigan rayos, que se haya quedado varada en la orilla. Pero ni siquiera ahí aceptaría mi ayuda.
A veces me dan ganas de ir a verla. Sin que lo sepa. De dejarle cuatro cosas que pueda necesitar. De llevarle mantas, incluso de velar la mientras duerme.
Otras veces le robaría lo poco que tuviera. Pero al final le escribo mensajes en una botella para que piense que tiene un amigo. Es lo malo de la tormenta, cuando se acaba. Cuando llega el naufragio.
Debe de pensar mucho ahora. Debe de recordar. Debe de verse reflejada en cada uno de los granos de arena. Y debe llorar. Y reír sin saber porqué. Y seguro que va a entrenar a un ejército de cangrejos para que le traigan cosas útiles. Y seguro que algún día volverá. Mucho más rápido de lo que lo hice yo. Seguro. Se que también me maldecirá y sin querer se acordará de mis cosas bonitas. Lo sé porque a mí me pasó...
No me lo imagino con esta voz dando órdenes a miles de soldados, pero en realidad así fue, el capitán James blunt se dio a conocer con esta balada de ánimo, que me sirve para cerrar el post.

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